Innovación Ciudadana

Del conocimiento distribuido a la innovación ciudadana

En la actualidad una de las variables principales para explicar la generación de conocimiento es la innovación, que es a su vez una de las claves para el desarrollo económico tanto de los países como de las organizaciones (Castells 1999; David 1990; Kranzberg 1985; Mokyr 1990; OCDE 2000).

Ha sido, principalmente, en el ámbito de la empresa donde la innovación comenzó a ser parte de la estrategia de crecimiento. Pero durante bastante tiempo fue trabajada como un proceso interno de la organización, recurriendo a su propio conocimiento, tecnología y personal para investigar, desarrollar y llegar al mercado con el producto creado. Esto es lo que se conoce como el paradigma de la innovación cerrada (Chesbrough 2003).

Sin embargo, la innovación cerrada fue quedando obsoleta en un mundo con una economía globalizada y tecnologías altamente complejas y distribuidas. El conocimiento estaba afuera, circulando, lo tenían otros. De esta forma, los procesos de innovación comenzaron a abrirse, a integrar los conocimientos de actores externos a las organizaciones. La innovación debió innovarse, y al abrirse, mejoró. Es lo que se conoce como el paradigma de la innovación abierta (Chesbrough, 2003). Al día de hoy resulta prácticamente impensable innovar sin recurrir al conocimiento externo a las fronteras de las organizaciones.

La innovación continuó innovándose, y dio paso a un estadio siguiente: la democratización de la innovación (von Hippel, 2005). Esta es la etapa en la que la innovación se reencuentra con la creatividad como característica inherente a la naturaleza humana. Es el momento en que dejó de estar monopolizada por expertos, y ha pasado a ser una actividad de todos. La democratización de la innovación es una innovación sin dueño, donde cualquiera puede innovar sin importar su condición social, educativa, o dónde se encuentre.

Los ciudadanos aprendieron a innovar, y ya no solamente como un complemento y retroalimentación a la innovación empresarial, sino para cambiar el destino de las innovaciones. Buena parte de las innovaciones ciudadanas comenzaron a explorar soluciones para

las necesidades sociales, políticas y culturales de su comunidad. Ciudadanos y organizaciones sociales pasaron a incluir la innovación como un proceso inherente a sus actividades, a la búsqueda de soluciones y la generación de conocimiento.

Y lo que inició como focos puntuales y locales de creación de soluciones innovadoras, se vio exponenciado con un aprovechamiento masivo de la inteligencia colectiva gracias al desarrollo de la web 2.0, a una creciente e-inclusión, y a las plataformas colaborativas. A partir de entonces, se dio un nuevo salto cualitativo hacia una innovación distribuida, donde ciudadanos de cualquier parte puedan colaborar en la co-creación de contenidos, servicios, bienes o lo las soluciones a los desafíos que identifican en sus comunidades.

Hoy, gracias a las tecnologías digitales, los seres humanos utilizan su talento e inteligencia en proyectos colaborativos que buscan generar beneficios sociales. Estamos ante una nueva forma de inteligencia colectiva que ClayShirky (2010) denomina excedente cognitivo, como la habilidad de los ciudadanos para aprovechar su tiempo libre y talento para ser voluntarios, contribuir, o colaborar en grandes proyectos que mejoran la vida de todos en la sociedad, en un entorno de tecnologías digitales.

Estas nuevas formas de inteligencia colectiva y proyectos colaborativos están cambiando aceleradamente nuestra sociedad, devolviendo a la ciudadanía la responsabilidad y participación en la búsqueda de soluciones a aquellos desafíos que experimenten los ciudadanos directamente. Y este nuevo canal de cambio social es lo que llamamos innovación ciudadana, y que definimos como la participación activa de ciudadanos en iniciativas innovadoras que buscan transformar la realidad social, mediante las tecnologías digitales, a fin de alcanzar una mayor inclusión social.

Dada la inmediatez y contemporaneidad de esta nueva forma de innovación, aún no existen índices que midan sus impactos, aunque sí se evidencian significativos beneficios sociales, culturales, políticos y económicos a nuestras comunidades /barrios/ ciudades/ países.

Parte de la dificultad que se está dando en el acercamiento a la innovación ciudadana (IC) desde las instituciones, se debe en parte a que es un proceso de creación desde abajo hacia arriba (bottom-

up), es decir, surge desde la base ciudadana de forma bastante autónoma en relación a las instituciones, por lo que resulta un ejercicio muy difícil acercase sin afectar su proceso que, por su propia naturaleza, es participativo y horizontal. Esto no significa que los gobiernos o las empresas no puedan contribuir a la innovación ciudadana.

En este sentido, el mejor acercamiento es el de favorecer las condiciones para que se genere más y mejor innovación ciudadana. A modo de ejemplo, desde el Estado e instituciones gubernamentales mediante la instrumentación de políticas que eliminen las barreras para iniciativas innovadoras, o la generación de espacios autónomos para impulsarla, así como explorar estructuras impositivas que faciliten nuevos modelos de negocio, facilitando su financiación, y/o asignando un porcentaje del presupuesto gubernamental, así como priorizando las acciones que garanticen el acceso a las tecnologías digitales y la reducción de la brecha digital.

También desde la empresa se puede impulsar la IC mediante un cambio de enfoque de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y redirigiéndola a un fortalecimiento de la IC en una posición de reciprocidad con la comunidad en iniciativas tales como la de creación y apoyo de espacios para la IC (laboratorios ciudadanos, incubadoras sociales, etc.), o la réplica de buenas prácticas y proyectos que ya han demostrado su eficacia en otros lugares, valorando su viabilidad en el nuevo contexto.